La distópica veleidad de “Las patrias íntimas del internacionalismo”

Por Isabel Manuela Estrada Portales, Ph.D., M.S. 
En un arranque inicial, al leer “Las patrias íntimas del internacionalismo”, de Carlos M. Álvarez, recordé. Sí, así de simple. Recordé. Y eso me causó cierta euforia, cierto dolor ahí donde se sienten las cosas, ramalazo en donde creía que sólo quedaba la imaginación donde la memoria debía ir. Escrito con exquisitez, sin mucha de la mueca que a veces viene de la isla – no vale hablar de sin nada del oficialismo verbal, porque de lo contrario no le estuviéramos dedicando angustia.
Inicialmente, al compartirlo, dije: Exquisito. Doloroso. En fin, cubano.
Después, empecé a pensar, algo siempre recomendable. 
Exquisito, sí. Doloroso, sin dudas. ¿Cubano? ¿Por qué? Creo que lo de cubano habría que argumentarlo. Dirán que me contradigo, que lo primero que dije fue que al leerlo recordé y, obviamente, recordé mi vida en Cuba. Yo, negra entre negros. En un barrio con muchos ex y futuros presidiarios. Leyendo sin cesar bajo el único tubo de luz fría. Sin baño en casa – es decir, en el cuarto sin ventanas al exterior cuya ventilación venía de la abertura a lo largo de toda la pared que nos separaba del cuarto vecino, de donde también venían los ruidosos amares de Cachita – aún mami se ríe de cuando me ponía algodones en los oídos cuando yo era muy pequeña – acostumbrada a, para usar los eufemismos cubanos de época, hacer mis necesidades en un cubo con el que tenía que cruzar todo el patio del solar para vaciarlo en lo que pasaba por baño colectivo pero sólo se usaba como vertedero. ¡Y todavía quieren que entienda el concepto de la privacidad!
“Tenía una casa sombría, que madre llenó de ternura”. Circa 1996, celebrábamos…
¿A qué viene la explicación? A que, como diría Flaubert de Madame Bovary, Villafranca c’est moi, pero sin su honrosa hombría de ir a arriesgarlo todo por casi nada, ayudando donde las manos se echaban de menos. Nada – excepto quizás la suerte y el amor de mi familia – me distingue de la vida de Reynaldo Villafranca que Álvarez nos deja ver a acuarelazos certeros, grotescos, inhumanos.  
Sin embargo, no, lo que pinta no es cubano en ningún sentido exclusivo. La carencia deshumanizadora, la oscuridad, la fealdad, la criminalidad, el churre, el sálvese quien pueda son los accesorios comunes de la marginalidad y la pobreza en cualquier lugar del mundo. Los he visto demasiado de cerca aquí en los Estados Unidos, he llorado de rabia al constatarlos en América Latina.
Sí, ya sé. Me dirán que lo del internacionalismo, lo del pago que el gobierno les dará, lo de la forma panfletaria en que promueven la ayuda a los países de África, entre otros detalles hacen que el fenómeno sea cubano.
Y así es. Por eso justamente me parece aún más tergiversado: se cronican los síntomas en vez del problema. (Dicho sea de paso, yo aplaudo al personal cubano que fue a ayudar a África, por las razones que sean. Y el hecho de trivializar eso con la burla al internacionalismo me parece una afrenta. De las muchas cosas que ese sistema intentó hacernos creer, el internacionalismo es de aquellas con las que me quedaría. ¿Acaso en Estados Unidos no estamos buscando incentivos para hacer que la gente vaya a enseñar o a ser médico en las peores áreas? ¿No ofrecemos pagarles los estudios, por ejemplo? Pero divago).  
El título es muy atractivo pero dice poco. ¿Qué tiene que ver el internacionalismo – cosa que “cubaniza” el artículo – con lo que se narra? Si el internacionalismo era el tema, podría haberse ahorrado toda la descripción de las miserias humanas e ir al punto. ¿O me estás diciendo que alguien que luchó por ser mejor que su medio – y que era, nada más y nada menos que enfermero – no merece irse a morir de paludismo ayudando a un poco de negros africanos? ¿O lo que estás diciendo es que si no fuera por la promesa de una casa y un par de prebendas más no habría ido a ayudar a gente que lo necesitaba? Pues ahí sí terminamos de deshonrar su memoria.
Es decir, el hacernos desfilar la intimidad frente a los ojos ¿a quién ataca? ¿O cree el autor que al mundo lo sorprenderán la miseria, la violencia doméstica, el abuso contra los homosexuales? ¿O tal vez crea que lo que sorprenderá al mundo es que esas cosas pasen en Cuba? Ya no, ya no. Los setenta quedaron atrás.
Voy a ignorar meticulosamente el tratamiento a la homosexualidad de Villafranca porque todavía estoy tratando de entender cómo venía al caso.
Irónicamente, la parte que es muy cubana muchos no la van a querer escuchar: Villafranca dejó la escuela y, pese a vivir donde vivía, pudo volver a estudiar y hasta llegar a graduarse de lo que quería. En los tiempos que corren, en muchos países, eso es un lujo que gente que vive en las condiciones de Villafranca no se puede dar.
No, no, no. Ni por un segundo piensen que estoy cantando las beldades de la dictadura que nos ha domesticado hasta enseñarnos a humillar a las víctimas como escapatoria para tirarle de refilón a los victimarios. Pero hay hechos que son…hechos.
Hay mucho de poca generosidad en el escrito. Su narrar de la distopía no se atreve a meterse con la promesa de utopía que la enmarca y la genera. A su vez, me parece que Álvarez ha dirigido mal la rabia simple del hombre silvestre: ha flagelado la realidad y la naturaleza de la vida del individuo en un esfuerzo velado por criticar las circunstancias socio-políticas que las engendraron. Eso es lo que lo torna injusto. Pero, de nuevo, ahí llegamos siempre al mismo sitio: si las circunstancias socio-políticas fueran criticables sin que ser valiente saliera tan caro, no tendríamos que recurrir a las cobardías o medias tintas lingüísticas porque ser cobarde aún vale la pena.
Periodismo, no es, a menos que seamos muy generosos, pero me parece un escrito descarnado y necesario. Me parece esencial que entendamos que un escritor puede y debe tener la libertad de escribir desde el hígado, sin repercusiones más allá que las de los latigazos verbales o aplausos de sus lectores. 
Y ahora veo que tal vez no me traicionó mi primera impresión, mi reacción visceral. Es cubano, en fin. Es cubano, precisamente, en lo mancebo, en lo ancilar, en lo equívoco.
Los periodistas, sobre todo, tenemos una obligación con las fuentes, con la gente que nos abre sus casas para que les demos voz. Hay un código básico que nos dice que uno sólo humilla a los poderosos, a los de arriba, y los “humilla” con sus propias palabras, mostrando sus contradicciones, su hipocresía, su fraude. Uno no usa la pluma o el píxel para apoltronarse sobre los que ya están abajo y aplastados.
No hay crítica al sistema brutal que, como diría Lezama de Fidel Castro, creíamos que abriría todas las puertas y se encargó de cerrar todos los caminos. El sistema brutal que había prometido que las circunstancias de marginalidad en las que vivía Villafranca – junto con demasiados millones en todo el mundo – dejarían de existir en Cuba y que nos obligó a abdicar de todas nuestras libertades en función del bien común que acabaría con la miseria.
Las supuestas crítica al régimen y oda a Villafranca suenan como si un fiscal blandiese su dedo en la cara del acusado y dijera: “Tú la violaste cuando ella andaba por la calle vestida como una puta barata, sonsacando a todo el mundo y pidiéndolo a gritos”. Por si hace falta aclaración, la violada de la metáfora es Villafranca y su familia.
Para despedirnos en cubano, viene a la cabeza Piñera, porque todo es triste, todo es triste, e Infante que recalca, es verdad que es triste; es triste que es verdad.

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