Escenas bucólicas: Niños recogen bostas de caballo en Quito

Por Isabel M. Estrada-Portales

Miren estas preciosas fotos de niños recogiendo bostas de caballo, para que el público pueda divertirse montando a caballo en el parque La Carolina de Quito, Ecuador. Esto es en una tarde de domingo… cuando mis hijas, que podrían ser las madres de al menos uno de estos niños, están dando una perreta porque no quieren recoger sus cuartos.

Le pasamos por el lado a estos niños todos los días. Es tan normal verles trabajar que nadie presta la menor atención. Recuerdo cuando visitaba las escuelas en algunos barrios de Memphis, Tennessee y de Filadelfia y tenía que pasar a través de un detector de metales. Estaba enardecida. No podía creer que esos niños tuvieran que pasar por eso todos los días para ir a clases. Con la insensibilidad de los que no tenemos que tomar esas decisiones, yo dije que ni muerta viviría en un barrio donde mis hijas tuvieran que pasar diariamente por un detector de metales para ir a la escuela. Me imagino que en mi cabeza esos padres tenían otras opciones más atractivas.

Estas aberraciones se ven tan normales que me asusta. Las bostas de caballo eran lo menos repugnante de ese paisaje bucólico.
Hoy realmente no es un buen día, con Zimmerman libre y Trayvon Martin que sigue muerto. Y la gente se sorprende de las crisis de adicción y las olas de suicidio. He descubierto que los hijos tienen cumplen cierta función: la de anclarte a la vida. Recordar que tengo que mandar a la universidad a las dos que tengo evitó que me encadenara al mesón de un bar y le dijera al barman que no se tomara la molestia de preguntar si quería otro, hasta que me arrastraran de allí en un coma alcohólico. Consideraría una sobredosis de cocaína, pero estoy baja en materia de conexiones.

En serio que si la especie fuera a considerar suicidio en masa, desde mi punto de vista, rara vez un día ha lucido mejor para esa aventura. Seguro que lo mejor de mí aflorará en algún momento. Yo sé que ha estado por ahí. Lo recuerdo. Pero creo que hoy necesitaría usar fracking para encontrarlo.

Entonces estoy repasando en mi cabeza a Rilke, Yourcenar, la hermosísima y extraordinaria declaración de amor de Hans Castorp en La montaña mágina de Mann, la excepcional escena de harakiri, después del amor, de los protagonistas de Patriotismo de Mishima. Regreso a los viejos amigos para ver si reencuentro esa esperanza que solía tener de la salvación por la literatura. Lamentablemente, uno de esos viejos amigos es el Fernando de Sábato quien tuvo a bien informarme entonces que la Alemania de 1933 era el país más instruido del mundo. Pero a los 16, aún se tiene esperanza. A los 41, parece que Fernando ganó.

Yo no creo. Hoy, especialmente, yo no creo. Pero si hay un Cristo con el que puedo identificarme en algo es el que nos mostró Borges, en su Cristo en la cruz:

Cristo en la cruz. Desordenadamente
piensa en el reino que tal vez lo espera,
piensa en una mujer que no fue suya.
No le está dado ver la teología,
la indescifrable Trinidad, los gnósticos,
las catedrales, la navaja de Occam,
la púrpura, la mitra, la liturgia,
la conversión de Guthrum por la espada,
la Inquisición, la sangre de los mártires,
las atroces Cruzadas, Juana de Arco,
el Vaticano que bendice ejércitos.
Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro de los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado. (Esa sentencia
la escribió un irlandés en una cárcel.)

El alma busca el fin, apresurada.

Todas las fotos pueden verse aquí.

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