La Habana

Por Isabel Manuela Estrada-Portales

La Habana. La noble Habana de antiguas columnas con diseños raros y distintos que ahora exhiben un gris único, el de la dejadez y el culpable olvido. El sitio donde florecen las paredes al tiempo que se agrietan y derrumban. Ciudad de risas y lágrimas, echada de menos por tantos que están lejos y de más por tantos que están dentro. ¿Qué ve el viajero al recorrer calles que no conoce o no recuerda? ¿Qué rememora quien poco tiempo atrás las abandonó?

Photo by René Timmermans. Paseo del Prado in Havana, Cuba.

El paseo del ayer, el Prado de los soñadores, sigue siendo el lugar privilegiado por quienes caminan en la noche, apesadumbrados por “la nostalgia del día que vendrá”, casados con una belleza de la que sobreviven ligeros vestigios. Cada sábado se anda sobre las huellas del anterior y se repiten los amigos el mismo verso, se prometen la misma fidelidad, se secan mutuamente las mismas lágrimas. La pregunta callada martillea las sienes, mientras se aprietan los dientes parra no pronunciarlas: dónde estaremos en unos años.

Las posesiones son escasas: una estadía en la universidad, veinticinco años de envejecimiento sin experiencia, algunas lecturas que nos devuelven embellecido un paisaje que no hemos contemplado, un ansia infantil de aventura. Es extraño permanecer atados a una historia que no ha sido la nuestra, sentir la pérdida de una ciudad que en verdad no conocimos sino por viejos álbumes y descripciones literarias, pero amamos esta plaza porque fue la de Lezama y Martí, la de Cabrera Infante y Villaverde, la de los de ayer y los de anteayer y porque, de algún modo, eso la hace nuestra.

Otros, también jóvenes, sentados en cualquier esquina de lo que ayer fuera una construcción envidiable, se dejan matar por el tiempo, se aburren por costumbre, se emborrachan por no llorar…o por no esperar. A menudo vivir es difícil, pero no renuncian. Recuestan su espalda en columnas apuntaladas e inventan un piropo para cualquier mujer que se contonea ante sus narices, mientras la esposa aguarda. Lo demás es el dominó, la música y el juego prohibido.

Y los ancianos se levantan cada día al amanecer, con las arrugas más acentuadas y las vestimentas más ajadas; hacen largas colas en los estanquillos para comprar periódicos que luego revenden y, a la hora del almuerzo, hacen colas en oscuras fondas. Siguen ahí, aferrados a una vida que les ha sido ingrata, idealizan los tiempos pasados y tienen fe: ¡ya vendrán tiempos peores!

Nada es demasiado terrible para no alcanzar una solución aparente y aunque nos preguntemos mil veces por qué, la gente ríe, el cubano ríe sufriendo y sufre riendo; cuando la realidad es muy abrumadora se escapa y ríe, cuando el problema es insoluble lo elude y ríe, cuando la solución radical es imposible la olvida y ríe.

Las mujeres adultas están atravesadas por la inmediatez y envejecen a sus propios ojos ante el espejo, los caracteres se vuelven ácidos, los matrimonios caen en frecuentes crisis, los hijos son cada día más independientes y problemáticos, y se acabó la cebolla, y el azúcar no alcanza para llegar a fin de mes, y se multiplican sospechosamente las reuniones de los esposos, y qué cara la pintura de uñas.

En cambio las muchachas no parecen dispuestas a heredar de sus madres otra cosa que la belleza, se peinan y se maquillan, algunas buscan futuro de los modos menos recomendables, muchas se alarman por no avizorar ninguna tierra prometida, no piensan en parir, no paran de soñar, quizás irresponsables, tal vez superficiales, sobre todo indiferentes.

Los niños preguntan, desean, corretean bajo la lluvia y siguen siendo la mayor fuerza de subversión. Perplejos ante las nuevas tecnologías, suspiran por las computadoras y los juegos televisivos y pierden la inocencia al descubrir en el dinero un hada madrina.

Los turistas miran todo sin ver nada. No pueden entender el secreto conjuro de esa ciudad mágica que contiene misteriosos desafíos para cada uno de sus habitantes. Las calles permanecen majestuosas, contemplan, esperan. ¡Ah, mi ciudad! Seguro es falso que todo hombre nace con un plano de La Habana en la cabeza, pero eso es porque no somos perfectos. Siempre desde lejos se le envía a La Habana el mensaje del cantor: “dile que la echo de menos cuando aprieta el frío, cuando nada es mío, cuando el mundo es sórdido y ajeno”.

Miami, Marzo, 1998

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